7/16/2011

LA GANADERIA DEL MARQUES DE LOS CASTELLONES


En nuestros días, por parte de los aficionados más exigentes, se exigen y se valoran las ganaderías que crían los llamados encastes puros. Los tratados y los escritos legados nos muestran que muchos, por no decir todos, de esos encastes fueron producto de los cruces y de una selección acertada por la mano de ganaderos que se adelantaron a su tiempo. Tanto es así que muchos de ellos al desaparecer su creador, fueron desvaneciéndose poco a poco hasta quedar en el recuerdo. Hoy cruzar reses de sangres dispares sería calificado como locura o disparate, antaño como ha quedado escrito fue práctica habitual para la formación de vacadas que en muchas ocasiones contaron con el predicamento de toreros y afición.
En el campo bravo de Córdoba hubo ganadería que se crearon con este concepto basado en las cruzas. Una que alcanzó notable fama y gozó de gran cartel durante finales del siglo XIX y principios del XX, fue la creada por Ángel Pedro Losada y Fernández de Liencres, Marqués de los Castellones.
Según nos cuenta Areva, el marqués en 1888 forma su vacada con un lote de selectas hembras de pura casta vazqueña, adquiridas directamente al Duque de Veragua, a las que padreó con dos toros que compró a Juan Vázquez que tenían su origen en la ganadería de Ildefonso Núñez de Prado, procedente de una de las partes en la que se dividió lo más selecto de la casta Vistahermosa. Con este cruce tan singular, hoy conceptualmente imposible, el marqués de los Castellones acertó plenamente en su ideal buscado de bravura, pues nos sigue relatando Areva que en el primer tentadero no se desecho ni una de las reses tentadas. Contando con el asesoramiento del II Califa, Rafael Guerra, se procede a una exigente retienta de las vacas de más edad obteniendo igualmente un buen resultado.
Pronto comenzó el aristócrata ganadero a cosechar triunfos en las plazas, siendo precisamente en la desaparecida plaza de toros de Los Tejares cordobesa, cuando el día 26 de mayo de 1893 es obligado a saludar desde el palco donde presenciaba el festejo por la notable presentación y juego de la novillada lidiada por “Gavira”, “Bebe-Chico” y “Conejito”. Tras una estela de éxitos por distintas plazas del país decide presentarse en la capital el día 11 de junio de 1896, en corrida extraordinaria lidiada por Rafael Guerra “Guerrita”, “Algabeño” y “Villita”. Esta tarde tomó la ganadería antigüedad luciendo los astados la divisa azul y amarilla. Continuó esta vacada durante muchos años alcanzando éxitos por el juego de sus toros variopintos de capa, entre los que abundaban los cárdenos, negros, jaboneros y berrendos en las capas anteriores, dándose con menor frecuencia los castaños y colorados. La ganadería pastaba en “Córdoba la Vieja” y en “Los Cansinos”, término este de Villafranca de Córdoba. A la muerte del marqués la vacada siguió en la casa a nombre de la marquesa viuda, María Wencesláa González de Villalaz y Fernández de Velasco, hasta que en 1909 es adquirida por el sevillano Julio Laffite pasando posteriormente a la familia Páez de Almodóvar del Río donde se inició su declive y posteriormente su desaparición.

Foto: Ganaderías cordobesas de reses bravas. Catalogo 1795-1995. José Campos González. Publicaciones CajaSur.

2 comentarios:

Jemapemo dijo...

Y actualmente quien conserva el hierro?, esta dado de baja definitivamente?.
Me gustaria profundizar en este tema.
Gracias de antemano y estupendo artículo.

http://miuralaganaderia.blogspot.com/

Salvador Giménez dijo...

Tras un efímero paso por manos de Julio Laffitte, la ganadería paso en 1911 a Agustín Páez y Luna quien ya era propietario de la parte de la vacada que quedó en propiedad de la marquesa viuda de los Castellones e hijos. Por lo tanto la totalidad de la ganadería fue propiedad de este señor, quien la volvió a dividir en dos lotes para cada uno de sus hijos, Agustín y Francisco de Asís Páez Rodríguez. Francisco termina vendiendo su parte en 1921 a Antonio Natera quien antes se había hecho con la parte de su hermano Agustín. Natera efectúa cruzas con toros de Tamarón hasta que en 1930 se desprende de la totalidad del ganado al venderlo al Conde de Casal quien recupera los colores amarillo y azul de la divisa y usa un hierro muy similar al que usara el marqués de los Castellones. La ganadería pastaba en Toledo en una de las fincas donde anteriormente pastara la de los Duques de Veragua extinguiéndose durante la guerra civil, donde el conde es asesinado. En los años cincuenta es de nuevo inscrita, con reses de procedencia santa coloma esta vez en la Asociación Nacional de Ganaderías de Lidia, constando aún como tal en la Asociación estando ubicada en la finca El Sotillo, en la población toledana de Ventas con Peña Aguilera.