7/16/2017

LAGARTIJO(CHICO) Y MANOLETE (PADRE), JUNTOS EN PAMPLONA.

Rafael Molina Martínez y Manuel Rodríguez alternaron mano a mano en la corrida que cerró el ciclo de San Fermín del año 1908.

Julio debe ser un mes netamente manoletista. La alargada sombra del monstruo de Córdoba se alarga cada verano. Tristemente es el mes de agosto, cuando encontró su fatal destino en lugar del julio en que vio la luz, cuando su imagen se vuelve a hacer presente. En este año en que se está conmemorando el centenario de su nacimiento, los actos en su recuerdo no cesan. Y es que Manolete continúa muy presente en la memoria no solo de los aficionados a los toros, sino también de mucha gente que se siente atraída por la enigmática figura de uno de los mitos españoles del siglo XX.

El icono manoletista trasciende más allá del panorama netamente taurino. Tanto es así que al recordar a Manolete, la figura de su madre, doña Angustias, siempre aparece de forma nítida y presente. Mujer a la que tocó afrontar un difícil destino y que siempre estuvo unido al toreo. Se casó con una de las promesas del toreo cordobés, Rafael Molina Martínez, Lagartijo Chico en los carteles, al que una enfermedad incurable en la época truncó su carrera taurina y también la vida, pues el joven Lagartijo falleció en 1910 cuando le faltaban pocos meses para cumplir los 30 años. Doña Angustias, viuda y con dos hijas, Dolores y Angustias, contrae segundas nupcias con otro torero, Manuel Rodríguez, Manolete en los carteles, de cuyo matrimonio nació el recordado Manuel Rodríguez Sánchez, quien también se anunció como Manolete, Califa del toreo cordobés.

Lo que muchos pueden ignorar es que Lagartijo Chico y el primer Manolete alternaron juntos en los carteles. Sin ir más lejos, esta semana se han cumplido años de una de sus actuaciones: los dos maridos de doña Angustias alternaron mano a mano en la corrida que cerró el ciclo de San Fermín de 1908, por cierto el último año en que Lagartijo Chico se enfundó el traje de luces, ya aquejado de la tuberculosis que acabó con su vida.

Rafael Molina Martínez "Lagartijo-chico"
Los sanfermines de la época eran muy distintos a los de hoy. Era una fiesta antes de que Hemingway, don Ernesto como lo conocían en ambientes taurinos, la hiciera internacional y poco a poco fuese perdiendo su tradicional esencia. Hoy es conocida a nivel mundial, son muchos los foráneos que vienen atraídos por su secular tradición, pero también la masificación nubla el verdadero sentir de los navarros, que ven cómo poco a poco su fiesta se les escurre entre los dedos.

Aquel año de 1908 las corridas sanfermineras tenían un neto sabor cordobés. A los nombrados Lagartijo Chico y Manolete se unía el nombre de Machaquito, en los años dorados de su carrera, quienes, acompañados de Vicente Pastor y Bombita III, serían los encargados de actuar en las tardes festivas, ante toros de Murube, Palha, Guadalest, Espoz y Mina, Lizaso y Zalduendo.

Manuel Rodríguez "Manolete" (padre)
El día 12 se anunciaban dos de los espadas cordobeses. Lagartijo Chico y Manolete actuarían mano a mano ante toros de la tierra, tres con el hierro de Zalduendo y otros tres con el pial de Lizaso. Aquel festejo sirvió para que Pamplona rindiese homenaje a uno de sus hijos más celebres, el violinista Pablo Sarasate, quien presidió el festejo acompañado del gobernador civil y del alcalde de la ciudad. El público llenó el coso pamplonés y los dos toreros paisanos partieron plaza. Lagartijo Chico cuajó una meritoria faena ante el primero de la tarde, de Zalduendo y que tomo cinco varas de la época, siendo muy ovacionado cuando lo finiquitó de estocada y descabello. No lució mucho Manolete (padre) en el segundo de la tarde, un animal, según El Eco de Navarra, manso y acobardado que no le permitió lucimiento alguno, y que unido al mal uso de los aceros hizo que el público pitase al matador. Volvió a lucir Lagartijo Chico con el tercero. Faena de mérito y certera estocada que le sirvieron para obtener una cerrada ovación de todos los asistentes. No lució, según la prensa de la época, Manolete en el segundo de su lote; desconfiado con muleta y desacertado con la espada vio cómo el público se enfadó con su labor. Lagartijo Chico en el último de su lote, muy molestado por el viento y tal vez con los primeros síntomas de la enfermedad, solo pudo lucir en banderillas y poco más, pues tampoco estuvo acertado en la suerte suprema. El tercero de Manolete fue devuelto por saltar a la arena con un pitón partido y con el sobrero tampoco destacó el novel espada, que se sacó la espina en el toro de gracia, regalado por el presidente Sarasate a petición popular, cuando cuajó una de las mejores faenas de su carrera, aunque Fulanez, quien firma la crónica, afirma que más debido a la condición del toro y a su valor espartano.

Lagartijo Chico dejó de actuar ese mismo año aquejado de la enfermedad que le llevó a la muerte. El resto de la historia ya es conocida. Su viuda casó con su compañero de aquella tarde pamplonesa y nueve años después el mito se hizo carne en una casa de la calle Torres Cabrera de Córdoba.

El Día de Córdoba (16/07/2017)

7/09/2017

MANOLETE VIVO SOBRE LA ARENA

El cordobés fue dominador y conocedor del toro, y su concepto de la profesionalidad fue absoluto pues trataba por igual a todos los públicos y plazas: llegó a la perfección.

Manolete continúa vivo. Su figura se acrecienta con el paso de los años. No pierde un ápice de su frescura. Cien años después de su nacimiento, su imagen permanece presente entre nosotros. Los actos conmemorativos de la efeméride se suceden y el Califa de Córdoba, el Monstruo como lo bautizara K-Hito, forma parte ya no solo de la memoria, sino también del paisaje urbano de toda la ciudad mediante fotografías, exposiciones, representaciones y toda clase de actos, que recuerdan el centenario de un mito. Manolete forma parte del acervo cultural de todo un país, incluso de otros fuera de nuestras fronteras. Y es que Manolete fue, y es a día de hoy, un personaje que da para mucho, pues su figura se extralimitó más allá de los ruedos.
Mostrar al Manolete hombre, para así tratar de acercarlo a simple mortal, es complicado. Es fácil caer en una imagen kitsch del personaje, mostrando un icono vintage basado en algo superficial con olor a naftalina. Manolete es algo más que un héroe de amplias chaquetas cruzadas, guayaberas blancas, zapatos bicolor, pelo engominado y gafas de aviador americano. El ídolo supone mucho más que alguien rebelado contra el matriarcado familiar, por culpa de apasionados amores mal vistos por una sociedad malherida y convaleciente de una guerra. Mostrar así a Manolete supone volver a caer una vez más (y van...) en los típicos tópicos que enmascaran la verdadera dimensión de aquel ídolo de masas que se llamó Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, y al que un toro en Linares convirtió en un mito.
Cada vez que se trata de mostrar a un Manolete humano, se cae de forma involuntaria en los mismos errores de siempre. Tanto que finalmente nos queda una figura más superficial que profunda, enmascarada con una pátina artificial que oculta de forma alarmante el verdadero espíritu del torero, que es quien realmente dota a Manuel Rodríguez de su carisma y relevancia.
Y es que es complicado hacer comprender a las gentes de hoy que un torero podía llenar una época en la memoria de los habitantes de este país. El torero era un ídolo. El serlo de fama era salir del anonimato para alcanzar la notoriedad y la riqueza que todo ser humano busca. El matador de toros en la cúspide era como el futbolista de élite de nuestros días. El deporte rey aún estaba en mantillas en España y el único recurso para salir de los estratos desfavorecidos de la sociedad no era otro que vender su vida ante las astas de los toros.
Manolete fue un predestinado. Manuel Rodríguez se crió en un ambiente en que el toro tenía que ser mirado con recelo. Es de sobra conocido que su madre enviudó de las primeras nupcias contraídas con Lagartijo Chico, sobrino del genial primer Califa, para casarse posteriormente con un espada digno, pero mediocre, como fue Manolete padre. Es ahí donde pueden surgir los primeros enigmas que muestran esa predestinación del Monstruo a vestir el chispeante.
El segundo de los enigmas es el desarrollo de un toreo que en los primeros años, etapa novilleril, no destaca para después culminar en la perfección de todas las aportaciones que hicieron los que le precedieron. Y es que en una época en que se carecía de los medios audiovisuales y tecnológicos de hoy, Manolete perfecciona el toreo de la llamada edad de oro en las innovaciones que trajeron dos colosos como fueron Gallito y Belmonte. Son fuentes en las que bebe el torero de Córdoba sin saber cómo. La influencia de Camará, como gran gallista, tampoco parece ser clave, pues Manolete toma aportaciones netamente belmontistas. Manolete no es un torero de entre épocas. El Califa cordobés es un torero que culmina, y de qué forma, lo apuntado por otros. Sin verlo, Gallito muere cuando Manolete tiene apenas dos años, absorbe el dominio, conocimiento, profundidad de Joselito y vergüenza profesional, mientras que de su rival, Belmonte, toma la quietud y la ligazón. A todo esto, que toma y hereda sin saber cómo, une una personalidad única y arrolladora, así como una espada llena de pureza y ortodoxia que le lleva a ser uno de los mejores estoqueadores del toreo, cosa que poco se le reconoce, tal vez porque su aportación a la tauromaquia nubla su contundencia y clasicismo en la suerte suprema.
Manolete fue dominador y conocedor del toro, el hacer faenas de semejante estructura a cada uno de los que se enfrentó nos lo corrobora. Su concepto de la profesionalidad fue absoluto pues trataba por igual a todos los públicos y plazas. Su valor y disciplina espartana están también latentes en su tauromaquia. Valor seco, sin alharacas, para ligar muletazos largos a pesar de esperar con la muleta retrasada en faenas compactas y ligadas.
Luego vino la perfección absoluta. Los cimientos del toreo de hoy. El toreo donde el último tercio adquiere una relevancia sobre los otros dos. Es la culminación de un todo y el principio de unas nuevas formas que apuntaron hacía la perfección de todo. Ahí es donde Manolete vive. Sobre los alberos y arenas del planeta toro cada vez que el hombre, en pleno siglo XXI, continúa tocando la gloria ante los pitones de los toros.


7/02/2017

MURO. LOS TOROS EN LA ESPAÑA PROFUNDA

Hay que erradicar la picaresca y la falta de ética y de escrúpulos que tanto daño hacen a la tauromaquia, como lo vivido hace poco en Muro, remedo del escándalo acaecido en 1960.

La fiesta de toros es una celebración de contrastes. El sol y la sombra. El triunfo y el fracaso. La gloria y la muerte. De ahí que haya tardes radiantes que son difíciles de olvidar y otras que lo deseado es borrarlas de la memoria con la mayor premura posible. Hay tardes de brillo y relumbrón que quedan grabadas para siempre en nuestro ser, que hicieron historia y que con el tiempo pasan a formar parte del libro dorado del toreo. Por el contrario, hay otras en la que la cara más triste de la fiesta se hace presente. Son tardes que no traen más que desazón y muestran un lado oscuro, y a veces siniestro, de esta disciplina española milenaria. Tardes no ya sólo de tragedia, la cara más dura de la tauromaquia, sino en las que la picaresca, la falta de ética y de escrúpulos de algunos, que tanto daño hacen, se hacen presentes mostrando una cara que hay que erradicar, por muy difícil que parezca, pues hacen un daño, y más en estos momentos, muy grande a la tauromaquia.

Con la tragedia de Air-Sur l’Adour aún fresca en la memoria, se anunció en la localidad balear de Muro una corrida de toros que suponía la presencia de los añejos toros de pablorromero en las Baleares. Para darles lidia y muerte estaban anunciados Javier Castaño, Alberto Lamelas y Cristian Escribano. Todo un aliciente en un tiempo en que las islas viven un crudo momento en relación con la fiesta, con una ley autonómica en proyecto que, de aprobarse, será mutilar una liturgia milenaria y un rechazo por parte de sectores secesionistas y animalistas.

A pesar de la entrada que registró el coso, con apenas 20 intransigentes protestando a sus puertas, lo vivido hace poco en Muro no fue para nada positivo para los días que se viven en el mundo taurino balear. Los de Partido de Resina lucieron una presentación irreprochable, se dice que con trapío suficiente para plazas de mayor categoría, y que dieron un juego entretenido, vendiendo cara su vida con un comportamiento encastado y poco propicio para el toreo de postureo de la actualidad. Los toreros naufragaron ante ella. Sólo un enrazado Lamelas se salvó de la quema y el escándalo fue mayúsculo con amago de suspensión al reclamar los toreros el cobro de sus honorarios, apagones de luz incluidos y un triste arrojo de toda clase de objetos al ruedo. Se ha hablado mucho, y mal, de esta tarde que de seguro tardará en borrarse de la memoria de los que a ella asistieron, y no precisamente por haber sido una jornada de brillo. Sólo el tiempo hará justicia.

No es la primera vez que Muro vive una tarde de tono gris y con el escándalo de fondo. En la temporada de 1960, el día 20 de agosto, se anunció la alternativa de un novel espada hispanomexicano, Pepe Núñez, con el cordobés Chiquilín y Sanluqueño como padrino y testigo. Se anunciaban toros salmantinos de Sánchez Valverde. Todo empezó de tono gris, pues el neófito no estuvo a la altura en el toro de la ceremonia, siendo pitado a su arrastre. En el segundo vino el escándalo, pues tanto Chiquilín como Sanluqueño fueron cogidos de gravedad, negándose el recién alternativado a darle muerte, lo que motivó un escándalo mayúsculo, que se vio acrecentado cuando Núñez se negó, alegando miedo –al menos fue honrado–, a terminar la corrida, lo que hizo que fuera detenido y encarcelado por ello.

No terminó ahí la escandalera, ya que las condiciones sanitarias eran escasas, teniendo que atenderse a dos heridos de gravedad en una rústica sala habilitada junto a las cuadras, con una falta de material y medios realmente alarmantes. Tanto es así que la prensa de la época, así como el desaparecido Alfonso González Chiquilín, llegaron a afirmar que ante la falta de algodón se llegaron a abrir petos de picar para extraer la guata para ser utilizada para limpiar las heridas de los toreros corneados. También se descubrió que los toros lidiados, aunque con el hierro de Sánchez Valverde, el célebre cura salmantino, eran propiedad de una segunda persona que no se encontraba inscrito como ganadero en el Sindicato Vertical de Ganadería en ninguno de sus grupos, lo que le inhabilitaba para tal labor, de ahí que se anunciaran a nombre de su antiguo propietario, lo que hizo que el fraude fuera todavía mayor.

Chiquilín llegó a decir que aquella corrida acabó con su carrera; años después renunció incluso a su alternativa para hacerse banderillero, y Sanluqueño, a causa de sus heridas, quedó inútil para la profesión.

Mucho se habló de aquella corrida de Muro. Sólo hay que esperar a que esta reciente sea pronto olvidada, pues tardes de ese tono deben de ser erradicadas cuanto antes de una fiesta que debe de tomar otros derroteros para hacer frente a todos los ataques y adversidades que a día de hoy se ciernen sobre ella.

El Día de Córdoba (02/07/2017)