5/30/2015

FALLA EL TORO Y TODO SE DERRUMBA (Crónica de la corrida de ayer en Córdoba)


El toro es el pilar básico de la fiesta. Es el cimiento sobre el que se debe de sustentar una liturgia milenaria. Toda la lidia debe de girar en torno al toro. El hombre no debe de ser más que el oficiante de un rito ancestral. Sin toro, nada tiene importancia. Es un animal que por su fiereza dota al espectáculo de dinamismo y tragedia. Por ello, cuando el toro falla todo se derrumba como un castillo de naipes. El rito queda ayuno de su fundamento principal. Sin drama ni tragedia, el hombre pierde su halo de héroe y se convierte en un vulgar mortal. Ha sustituido la épica por un ballet artificioso, vacío y hueco. Es la degeneración del último rito vivo de la cultura mediterránea.

El pobre juego de los toros llegados desde Lo Álvaro, predio donde pasta la ganadería de Juan Pedro Domecq, convirtió a Los Califas en un templo donde se rindió culto, durante dos horas y poco más, al aburrimiento, y con ello a la máxima exaltación del bostezo. ¡Vaya con la corrida! Ya no es por su exigua y pobre presentación, que la tuvo, sino el huero contenido de unos animales que hacen un flaco favor a la tauromaquia de nuestros días. Animales sin alma, sin casta, sin fuerza. Todo lo contrario de lo que debe de ser un toro bravo.

El muestrario de los lidiados ayer en el coso de Ciudad Jardín es una clara muestra de lo que no debe de ser una corrida de toros. Es el toro moderno, el toro que demandan las figuras del escalafón para poner en valor su tauromaquia. Una tauromaquia basada en lo estético y la plasticidad donde la verdad está cada vez más difusa y nublada. La emoción está ausente tarde tras tarde, y ese sentido estético que su busca hoy aburre hasta decir basta a un público falto de educación taurómaca y desconocedor de los valores más ortodoxos de la misma. Es el sino y el mal de la fiesta. Para su regeneración es necesaria la recuperación del toro con raza y de toreros capaces de enfrentarse a ellos.

Si el toro falló de forma estrepitosa, otro factor vino a completar la tarde para que el tedio se adueñase de Los Califas. El siempre desdeñado viento hizo acto de presencia antes de partir plaza y no abandonó el recinto, por lo que era muy difícil, por no decir imposible, controlar las telas de torear. No obstante, este factor no debe de ser excusa; lo que verdaderamente dio al traste con la corrida no fue otra cosa que la falta de materia prima para el lucimiento, motivado por la falta de raza de los toros lidiados. Y ante ellos, ¿qué decir de los toreros? Poca cosa. Voluntad aparente y poco más. En su pecado llevan la penitencia. Ellos son los que solicitan y demandan el material para crear y expresarse. Luego se quejan, pero deben de hacer propósito de enmienda y replantear sus exigencias y demandas.

Abría cartel Francisco Rivera Ordóñez (me resisto a llamarlo Paquirri). Vino para encabezar la terna en esta temporada de su reaparición, sin que nadie lo haya llamado. Fuera de forma y con sus carencias habituales, Rivera estuvo en Córdoba, mató dos toros y hasta otra. En su primero, el mejor de la suelta, fue aplaudido por una faena que tuvo como nota predominante la colocación ventajosa y el toreo en línea recta. Los muletazos jamás fueron rematados atrás, haciendo el toreo al revés; es decir, de abajo hacia arriba. Una estocada trasera y un golpe de descabello pusieron punto y final a un trasteo que no acabo de remontar por los motivos antes comentados. En su segundo quedó inédito. Entre la falta de raza del toro y el viento que sopló fuertemente fue un querer y no poder, siendo silenciado al acabar su labor.

Morante es esperado siempre en Córdoba. Lo realizado por el torero de La Puebla del Río es difícil de olvidar. El espada lo sabe y siempre intentar dar lo mejor de sí mismo. Gesto loable singular a dudas. En su primero, un toro como sus hermanos v hueco de todo, quedó inédito con el capote. Luego en la muleta el viento comenzó a molestar. Morante, tras intentos de poder lucir en varios terrenos, optó por abreviar. Pinchazo y estocada siendo silenciada su labor. En su segundo hizo estremecer a los tendidos con su recibo capotero. Una fantasiosa larga afarolada de pie fue el prólogo a un ramillete de verónicas, ganando terreno a su oponente, que remató en los medios con media entre los aplausos de la concurrencia. Inició el trasteo por alto, con quietud y buen gusto. Luego nada de nada. Intentos, conatos, muletazos sueltos y poco más. Un trasteo que tuvo el denominador común de la tarde. Viento y falta de enemigo.


José María Manzanares es el máximo exponente del sentido estético en el toreo de nuestro tiempo. Pulcro, elegante. Todo lo tapa con su innata plasticidad, aunque el toreo profundo no aparezca como se debe de exigir a una figura del toreo. Recibió a su primero con unos lances elegantes. Tras un brillante tercio de banderillas donde saludaron Rafael Rosa y Luis Blázquez, el torero inició su faena logrando dos tandas de derechazos con su habitual elegancia. Cuando todo parecía encarrilado, el toro, haciendo gala de sus defectos, se echó derrotado y todo fue como un espejismo. En el sexto la misma tónica. Trasteo impregnado de belleza, basado sobre todo en la mano diestra. Manzanares baja mucho cuando torea al natural, pero ya se sabe, cuando no hay toro, nada tiene repercusión. Para colmo, usó mal los aceros y todo quedó en una cariñosa ovación de despedida. Tarde para el olvido. Esperemos que la feria cambie de tónica. El toro es la clave. La emoción pasa por la recuperación del toro.

Ganadería: Seis toros de Juan Pedro Domecq, justos de presentación, faltos de raza y de pobre juego.
TOREROS: Rivera Ordóñez, (azul rey y oro). Ovación con saludos y silencio. Morante de la Puebla, (azul rey y oro). Silencio y palmas. José María Manzanares, (negro y azabache). Silencio y palmas de despedida.
INCIDENCIAS: Plaza de Toros de los Califas. Segundo festejo de la feria de Nuestra Señora de la Salud. Tarde primaveral, de temperatura bochornosa y en la que el viento fue protagonista. Media entrada. 

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