10/24/2017

MANOLETE Y MIURA, DOS MITOS PERMANENTES EN LA TAUROMAQUIA.


Ponencia presentada el 21 de octubre de 2017 en el XIII Symposium del Toro de Lidia. Zafra (Badajoz).

El toro forma parte del acervo patrimonial de nuestra cultura. Un animal rodeado de enigmas, misterios y secretos, que siempre han sido admirado por el hombre. Tanto es así, que lo mitificó dotándolo de divinidad en algunas civilizaciones del pasado. El toro es por excelencia el animal totémico de la cultura mediterránea. A día de hoy aún reina, sin haber perdido un ápice aquella divinidad admirada, en las dehesas de España y Portugal.
Divinidad ésta que llevó al hombre a ver en el toro algo inaccesible, algo difícil de domeñar y hacerlo suyo, tal y como había logrado con otras especies. El toro era fiero y vendía cara no ya solo su vida, sino también su independencia. La veneración, por parte del hombre, a aquella fiereza se acrecienta día a día, hasta llegar a nuestros tiempos, donde el toro continúa despertando admiración, respeto y en ocasiones miedo y pavor.
La mitología clásica está plagada de casos en los que el toro es protagonista. Zeus, dios padre del Olimpo, se convierte en un toro blanco, de belleza y nobleza sin igual, para conquistar a su amada Europa. La joven siente una enorme atracción por el blanco animal. Venciendo el miedo se acerca a el, lo acaricia y monta sobre su blanco lomo. El toro salta al mar llevándose consigo a la muchacha hasta alcanzar las costas de la isla de Creta. Una vez allí Zeus toma su verdadera apariencia y posee a la joven Europa. De la unión nacieron tres hijos Sarpidón, Radamantes y Minos, éste último primer rey de Creta.
Ya que hablo de Creta hay que recordar su nexo con el toro y la muerte. El rey Minos hizo promesa a Poseidón, dios del mar, de sacrificar lo primero que saliera de las aguas. Poseidón hizo salir un toro. Un toro tan bello y hermoso que hizo que Minos no cumpliera su promesa. Hechizado por su hermosura lo incorporó a sus rebaños de reses como semental. Aquel toro era un animal enigmático, tanto así que Pasifae, esposa del rey, siente hacia el animal una poderosa atracción. Utilizando miles de argucias, la reina quedó encinta del toro naciendo un monstruo: mitad hombre, mitad toro. Fiero y sangriento. Era el Minotauro que fue encerrado en un elaborado laberinto creado por la mente del arquitecto mitológico Dédalo. Tal era su fiereza que cada año siete hombres y siete mujeres eran encerrados en el laberinto como sacrificio a la fiera. El Minotauro fue muerto por Teseo, quien ayudado por Ariadne, hija del rey Minos, se sirvió de un ovillo de hilo para salir del elaborado laberinto tras dar muerte al monstruo.
La mitología clásica sigue contando relatos con el toro como protagonista. En los doce trabajos de Hércules, dos de ellos tienen al bravo como figura esencial. En el séptimo se le encarga la captura del toro de Creta que Poseidón había arrojado de las aguas y que Minos, cautivado por su hermosura, en lugar de sacrificarlo lo incorporó como semental a sus rebaños.
También en el décimo de sus trabajos Hércules tiene como objetivo el toro. En esta ocasión no uno solo, sino el rebaño de toros del gigante Gerión, el cual pastaba en Eriteia, para muchos la actual Cádiz. Hércules se hace con la totalidad del rebaño y lo pastorea hasta Micenas, poniendo fin, tras pasar múltiples vicisitudes que aquí no vienen al caso, al décimo de sus trabajos.
Por la mitología no pasa el tiempo. Es algo que no pierde vigencia. Siempre está ahí. Por ello su inmortalidad. Los mitos son siempre admirados. Ya sean los de la mitología clásica o los más recientes. Aquellos que se convirtieron en mitos partiendo de la humanidad. Mortales a los que su obra en vida terrenal, así como su propia muerte, le es propicio transitar hacía ese imaginario Olimpo en el que se han engrandecido hasta el punto de ser algo perenne y sin caducidad para el mundo terrenal cotidiano.
Manuel Laureano Rodríguez Sánchez nació como hombre ahora hace cien años. Un siglo ha pasado desde que aquel niño vio la primera luz en un viejo caserón de la calle Torrescabrera de la capital cordobesa. Hijo de un torero de segunda fila, Manuel Rodríguez, y de la viuda, con quien éste había contraído segundas nupcias, de un malogrado espada de dinastía, Rafael Molina Martínez, aquel niño no podía ser otra cosa que torero. La atracción del hombre hacía el bruto, y a su vez noble, animal es algo primigenio. En aquel niño ese magnetismo se acentúa.
Cuentan, los que le conocieron, que tuvo una niñez normal. Sin lujos, pero tampoco con excesos, aquel niño fue creciendo en un hogar de marcado carácter matriarcal. Su madre había enviudado en dos ocasiones y la sombra de la figura paterna se fue difuminando poco o poco, quedando prácticamente nublada por la de la madre, que busca lo mejor para su prole.
Manuel Rodríguez recibe la educación propia de un niño de su época. Su formación académica corre a cargo de los padres Salesianos, donde se muestra un niño tímido, absorto en sí mismo, pero aplicado y correcto en su etapa de formación. En su cabeza el sueño de lidiar reses bravas no solo se acrecienta, sino que crece. Tal vez en su casa, rodeado de mujeres y con el poderoso influjo de su madre, los recuerdos de los padres-toreros son leves y también, con toda seguridad, son evocados más como padres que como lidiadores.
El niño comienza a tener sus primeros escarceos con el animal. Acude a fiestas y tentaderos donde tiene la ocasión se sentir como con un simple trapo se puede dominar la fiereza de las reses. El oficio, me resisto a llamarlo técnica, es pobre, de ahí que los achuchones, volteretas y caídas sean frecuentes. Manuel no ceja en su propósito. A la menor ocasión, con la reprobación materna inicial, no cede a su empeño.
Siendo un adolescente acude a la finca Córdoba la Vieja, llamada así por estar junto a la ciudad califal de Medina Azahara. En sus pastos radica la ganadería de Florentino Sotomayor. Se celebra una tienta de vacas. El tentador es el viejo maestro de Madrid Marcial Lalanda. Tras haber calificado una vaca, es la hora de los aspirantes. A Manuel le toca su turno. Tal vez hierático acude al encuentro con la utrera. Ambos miden sus fuerzas y un error, el hombre siempre es el que se equivoca, hace que la vaca le tropiece. Manuel se da cuenta que de su pantorrilla brotan  unos hilos de sangre. La primera ofrenda que hace al toreo, a la vez que este le muestra la cara del dolor. Es Marcial quien lo traslada desde Córdoba la Vieja hasta la ciudad para ser atendido en la Casa de Socorro. Seguro que la reprimenda de la madre fue grande. Manuel había probado en primera persona que el ganado puede hacer daño. Aún así el propósito es serio y constante: seria torero a pesar de todo.
Llama la curiosidad que esta ganadería de Sotomayor fue formada con vacas y toros de Miura. Posteriormente se hizo un cruce con animales de Parladé, pero de seguro aquella vaca que hirió a ese niño que soñaba ser torero, en mayor o menor proporción, tenía sangre de una de las ganaderías más relevantes del campo bravo español, Miura.
Fue a mediados del siglo XIX, 1842, cuando un comerciante sevillano llamado Juan Miura adquiere para su hijo una piara de vacas a Antonio Gil y que tenían su origen en la de Gallardo, que procedía directamente de las más prestigiosas vacadas monacales. Años más tarde llega otro hato de reses a la casa, en esta ocasión de origen Cabrera y que compartía el mismo origen frailero de las que ya poseían. Luego vino la selección, los cruces, no faltos de misterio y leyenda, y que fueron conformando una ganadería mítica y rodeada, por unas u otras causas, de un halo de tragedia y dolor.
También aquella misteriosa selección, rayando en la alquimia, para conseguir la bravura, dio el fruto apetecido. Fueron muchos los animales que destacaron en su lidia en las plazas. Animales de leyenda que escribieron páginas memorables en los anales de la cría del toro de lidia. La tragedia nubla demasiado la grandeza y el misterio de la bravura. Toros como el llamado Catalán, negro bragado, lidiado el día 5 de octubre de 1902 y que tomo nueve varas por cinco caballos muertos, trajo de cabeza a Ricardo Torres "Bombita" quien se vio desbordado por tan ingente bravura. También el fiero Gorrete, jugado el día 31 de agosto de 1887 en la Malagueta y que destacó por una fiereza arcaica y primitiva, ocasionando multitud de problemas a gente tan curtida y avezada como el piquero Badila, el eficaz subalterno Juan Molina, o espadas relevantes como Lagartijo o Espartero.
Miura era, aún lo es, sinónimo de miedo. Sus propietarios buscando la bravura consiguieron un animal fiero. En sus predios siempre está presente el misterio. Ya hable de los cruces puntuales que vinieron a acrecentar lo buscado. Se habla de Murciélago, el toro navarro indultado por Lagartijo en Córdoba y del que se dicen tienen origen todos los colorados ojo de perdiz que se hierran con la A con asas. También aquel castaño ojinegro regalo del Duque de Veragua, puro de casta vazqueña, que padreó las viejas vacas fraileras ya estuvieran herradas arriba o abajo. O el discutido Banderillo de la marquesa de Tamarón, quien cuenta la leyenda fue aconsejado su cruza por el mismo Joselito el Gallo.
Manuel continuaba con sus deseos de ser torero. Miura con su búsqueda de la bravura indómita. España se rompe en dos. La peor de las guerras es aquella en la que contienden hermanos de la misma sangre. Son tres años de sin razón, calamidades, sangre y dolor. Tres años crudos que dejan un pueblo roto, empobrecido y donde el odio y el rencor son bandera de unos y de otros. Tres años lúgubres que la memoria está tardando demasiado en olvidar, cuando ya se creía solo un recuerdo pasado. La contienda termina. España tiene que reconstruirse y olvidar lo ocurrido.
Manuel es un hombre. Trae un aire nuevo en sus formas toreras. Su quietud rompe con el toreo hasta entonces desconocido. Es algo innato en él. No busca imitar, ni continuar con las aportaciones de los que le precedieron. Manuel busca un toreo distinto, moderno, actual. Es el que cimenta, da forma y construye lo que hoy conocemos como el toreo moderno. Su etapa novilleril, entre la guerra y con afición y crítica mirando aún a tiempos pasados, pasa desapercibida. Aún así se convierte en matador de toros. Julio de 1939, a los veintidós años, Manuel recibe la alternativa de manos de Chicuelo, un genio precursor incontinuo de lo que vendría, en la Real Maestranza de Sevilla. Es el nacimiento de un nuevo héroe mitológico. Nace Manolete.
Manolete se adentra, en una España quebrantada, en un laberinto moderno. Manolete trae una nueva tauromaquia. Un toreo basado en el dominio sobre el toro. Aquella tauromaquia, personal y propia, no es más que el desarrollo del toreo.  Manolete perfecciona el toreo de sus predecesores. No es un torero de entre épocas. El Califa cordobés es un torero que culmina, y de qué forma, lo apuntado por otros. Sin verlo, - Gallito muere cuando Manolete tiene apenas dos años-, absorbe el dominio, conocimiento, profundidad de Joselito y vergüenza profesional; mientras que de su rival, Belmonte, toma la quietud y la ligazón. A todo esto, que toma y hereda sin saber cómo, une una personalidad única y arrolladora, así como una espada llena de pureza y ortodoxia que le lleva a ser uno de los mejores estoqueadores del toreo, cosa que poco se le reconoce, tal vez porque su aportación a la tauromaquia nubla su contundencia y clasicismo en la suerte suprema.
Manolete fue dominador y conocedor del toro, el hacer faenas de semejante estructura a cada uno de los que se enfrentó nos lo corrobora. Su concepto de la profesionalidad fue absoluto pues trataba por igual a todos los públicos y plazas. Su valor y disciplina espartana están también latentes en su tauromaquia. Valor seco, sin alharacas, para ligar muletazos largos a pesar de esperar con la muleta retrasada en faenas compactas y ligadas.
Luego vino la perfección absoluta. Los cimientos del toreo de hoy. El toreo donde el último tercio adquiere una relevancia sobre los otros dos. Es la culminación de un todo y el principio de unas nuevas formas que apuntaron hacía la perfección de ese todo. Ahí es donde Manolete vive. Sobre los alberos y arenas del planeta toro cada vez que el hombre, en pleno siglo XXI, continúa tocando la gloria ante los pitones de los toros.
Paralelo a todo esto un nuevo Miura, Eduardo Miura Fernández, se hace cargo de la ganadería familiar. Sus toros se lidian en todas las ferias y son estoqueados por toreros de cualquier rango del escalafón. Eduardo Miura es un nuevo alquimista de la raza brava, que es el llamado a mantener y acrecentar el trabajo de sus antepasados.
Ganadería mítica que se encuentra con el nuevo ídolo por vez primera, cuando aún el joven Miura no rigen la ganadería, el 12 de junio de 1939 en una novillada celebrada en Algeciras y en las que cortó dos orejas y rabo a uno de sus oponentes.  Como matador la primera ocasión tuvo lugar en Zaragoza el día 13 de octubre de 1939. Desde ahí hasta la postrera tarde de Linares, fueron siete las ocasiones que ambos nombres se cruzaron en los carteles. Dieciocho reses, Islero incluido, fueron lidiados y muertos a estoque por el ídolo de aquella España de la postguerra.
Manolete tenía su destino marcado. Su obra terrena, configuración del toreo moderno, no podía quedar como algo humano. Como Hércules con sus trabajos, Manolete con el suyo tenía que pasar de héroe o ídolo a mito inmortal. Linares fue el punto y final de Manuel Rodríguez. Sin embargo fue el nacimiento del último mito vestido de luces. Manolete, en tarde de sol de estío, en fiestas patronales y alejado de las grandes plazas, tenía que cumplir su destino. Una tarde en la que cuentan se vivieron sensaciones extrañas y ambigüas. Los públicos, caprichosos ellos, comenzaban a odiar al ídolo. La envidia, pecado capital y nacional, podía ser una de las causas. El pueblo no podía permitir en aquellos años de penuria y cartillas de racionamiento, que su ídolo viviese en la abundancia, ganase dinero y fuese feliz. Manolete, dicen, tenía pensado dejar de torear. Como escupido por la mar, salió Islero de toriles. Arrogante y sin nada de claridad, aunque sin perder el grado de fiereza. Cuatro años atrás lo había parido una vaca en un rebaño similar al de Gerión en Eriteia. Manolete hizo lo que siempre hizo. Fiel a su personalidad cuajó al bruto y cuando se perfiló a matar todos respiraron. Todos menos el destino. Islero atrapó a Manolete. Los dos cayeron sobre la arena. El hombre roto perdía la vida por la herida abierta por el pitón. Las horas fueron consumando el drama. En la madrugada, cuando quedaba poco para alborear un nuevo día, Manolete entró en el Olimpo. Cien años atrás nació el hombre y setenta el mito. Manolete sigue hoy vivo más que nunca.

BIBLIOGRAFIA
FALCÓN MARTÍNEZ, C.–FERNÁNDEZ GALIANO, E.–LÓPEZ MELERO R. 1980. Diccionario de la mitología clásica.
SANCHEZ DRAGO, F. 1987. Volapié. Toros y Tauromagía.
MIRA, F. 1984. Manolete. Vida y tragedia.
DELGADO DE LA CAMARA, D. 2003. Avatares históricos del toro de lidia.
SOTOMAYOR, J.M. 1992. Miura. Siglo y medio de casta (1842-1992)

DELGADO DE LA CAMARA, D. 2014. Entre Marte y Venus (Breve historia crítica del toreo).

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Si tu comentario es antitaurino estás perdiendo el tiempo: vete a un blog antitaurino e intenta ponerlo allí, porque aquí será rechazado. Si tu intención es insultar o faltar al respeto a alguien, también estás perdiendo el tiempo. Por fin, si no puedes identificarte de alguna forma tampoco podrás escribir aquí. Gracias por tu comprensión.