7/05/2020

CELESTE Y ORO: LA CORONACIÓN DE LA HETERODOXIA



Un muchacho de Palma del Río, llamado Manuel Benítez Pérez y apodado primero El Renco y después El Cordobés, había llegado al llamado Planeta de los Toros para crujirlo



El tiempo pasa inexorable. Nada respeta. Ni a las personas, ni a otros seres vivos, ni tampoco a los enseres inanimados. Solo se encarga de irlos marchitando. Poco a poco, sin que nos demos cuenta. Atrás queda el esplendor. Los días de gloria. Sin embargo, el recuerdo y la nostalgia nos retrotrae a momentos vividos y que, a pesar de todo, hacen que la vida siga latiendo en el fondo de ellos.
Ha pasado tanto tiempo y aún parece que fue ayer. La hoy llamada década prodigiosa había traído una bocanada –y qué bocanada– de aire fresco al toreo. Un muchacho de Palma del Río, llamado Manuel Benítez Pérez y apodado, primero El Renco y después El Cordobés, había llegado al llamado Planeta de los Toros para crujirlo desde sus cimientos. Desde la muerte del Monstruo de Córdoba, el colosal Manolete, el toreo andaba triste. Su alargada sombra aún pesaba en los ruedos. Manolete fue quien trajo la culminación del toreo moderno. Su obra y su recuerdo aún estaban muy presentes en aquellos que vestían el chispeante, así como su trágica muerte en Linares.
Pesaba en los públicos el infausto final de Manolete. Torero de una época que estaba marcada por la carestía de todo. Época de reconstrucción de una guerra fatal, marcada igualmente por otra contienda mundial. España trataba de ver la luz, pero todo era complicado. Época en que el hambre hacía mella en gran parte de la población española. Hijo de aquella generación era Manuel Benítez. Un superviviente, un guerrero, un rebelde. Se rebeló contra su época y contra de la vida que le había tocado vivir. Benítez no quería pasar calamidades y buscó en los toros la puerta de salida de aquella miseria. Mucho se habló, se escribió y aún no ha perdido vigencia, de que aquel torero llamado El Cordobés fue un invento de Rafael Sánchez El Pipo. Tal vez el ingenio de éste ayudase a la promoción del nuevo fenómeno, pero lo que hacía El Cordobés a las reses no era fácil. Valor, valor y valor. En ocasiones rozando lo suicida. El Cordobés en sus principios no tenía oficio, pero si poseía un valor a prueba de bombas, y lo que es más, una rebeldía para dejar de ser un hijo de su época.
Aquel valor y aquella forma de torear llevo a El Cordobés a ganar como novillero cantidades jamás vistas para quien empieza a querer ser torero. El invento del Pipo no se hubiera sustentando solo del marketing. Allí había un torero de los grandes. La sociedad de la época veía al torero de Palma del Río como un referente, un espejo donde mirarse. ¡Tila, tila! Escribían los críticos de la época. El Cordobés había llegado para convulsionar y dar una vuelta de tuerca más al toreo.
Se preparó su alternativa en su Córdoba en octubre de 1962. El Cordobés, quien se encargó un precioso terno blanco y plata con remates negros, se haría matador de toros de manos de Antonio Bienvenida, en presencia de José María Montilla. Los toros de Samuel Flores. La lluvia dio al traste con todo. La ceremonia de investidura tuvo que ser pospuesta a mejor fecha. Muchos fueron los que pensaron que aquello había venido de perlas al torero. Seguiría toreando novilladas, ganando un buen dinero y evadiéndose del compromiso de la alternativa.
Pero llegó mayo de 1963. Córdoba vivía su fiesta y con ella, aparejada siempre, la liturgia de la mal llamada fiesta nacional. La investidura como doctor en tauromaquia tuvo lugar el día 25. Los Tejares hasta la bandera. La hábil, coqueta y fidedigna pluma de José Luis de Córdoba tituló la crónica del festejo Los incrédulos y los convencidos, ya que El Cordobés puso a todo el mundo de acuerdo. Palancar, del hierro de Samuel Flores, era el nombre del toro de la ceremonia. El Cordobés, vestido de celeste y oro, tras tomar las armas toreras, cuajó una personal faena entre los clamores del público. Dos orejas, petición no atendida de rabo y dos vueltas al ruedo fueron su premio. Lamparilla se llamó el sexto de la suelta y segundo de su lote. Manuel Benítez vuelve a estar inconmensurable. Faena de nuevas formas, fresco estilo y teñida de su singular personalidad.
No hay que olvidar que a torear se puede aprender, pero la personalidad viene adherida a uno. El Cordobés enloquece a los tendidos. En esta ocasión los máximos trofeos van a parar a sus manos. El Huracán Benítez ha arrasado con todo.
Aquel traje, sudado y manchado de sangre de sus oponentes, permanece preso de sus recuerdos en un maniquí del Museo Taurino de Córdoba. El tiempo y los años no han tenido clemencia con él. Descolorido y sin brillo, ha perdido su tono celestial, tanto, que parece blanco. El tiempo ha sido inclemente con su conservación. Pero ahí sigue. Más vivo que nunca. Testigo silencioso del punto de partida de la última gran revolución del toreo moderno.


6/28/2020

AMARANTO Y ORO, TESTIGO MUDO DE UNA TRAGEDIA



Cuentan que Gallito estaba alegre en Talavera, incluso se permitió el lujo de bromear con sus acompañantes, y le hacía ilusión el torear en una plaza que inauguró su padre

Roto, destrozado, inerte en el frío suelo. Allí está empapado de la sangre del que llamaron Rey de los Toreros. Nadie le echa cuentas. Ha sido rasgado sin cuidado alguno. El tiempo se hizo eterno desde el ruedo a aquella fría estancia. Las manos de Blanquet, aquellas que tantos toros domeñaron con el látigo de su capote, ahora se movían nerviosas. Provistas de unas tijeras fueron cercenando el punto de seda grana para ver por dónde se le iba la vida a Joselito.
Todo fue inútil. La guadaña de la parca, disfrazada del pitón astifino de Bailaor, había segado la vida del torero. Inerte sobre una vetusta camilla y cubierto por una manta, yacía inanimado el cuerpo de aquella primera espada que había sido llamada a cambiar la tauromaquia.
Atrás quedó su primera postura. Rutilante, brillante, chispeante a los destellos del sol. Dicen que fue estrenado en Lima durante la temporada invernal. La única que hizo José Gómez Ortega, Joselito el Gallo o Gallito en América. Terno torero y cabal. Grana bordado en oro, con pedrería azul. Por ello, Joselito, tan elegante como torero, gustaba acompañarlo de cabos, corbatín y faja, azul turquí. El hábito perfecto para ejercer como oficiante en el rito sacrificial del toreo.
Los ecos de la bronca de vísperas en Madrid, aún retumbaban en la cabeza del maestro de Gelves (Sevilla). El público se había mostrado duro. No le perdonaba, ni a José, ni a Juan, la debacle de la tarde. Tarde en la que el peso de la púrpura se hizo patente.
SU MOZO DE ESPADAS HABÍA DISPUESTO EL TRAJE GRANA Y ORO, Y LOS CABOS AZULES COMBINABAN CON EL TERNO

Tanto que Joselito pensó que había que dejar de torear en la villa y corte durante una temporada. Las dudas que motivan los fracasos le atenazaban. Pero había que seguir el camino y, con él, también el destino. Había que torear en Talavera de la Reina, donde seguro, como así fue, muchos seguidores madrileños se acercarían a verlo.
Cuentan que Gallito, a pesar del disgusto, estaba alegre en Talavera aquella tarde del 16 de mayo de 1920. Incluso se permitió el lujo de bromear con sus acompañantes. Le hacía ilusión torear en una plaza que había inaugurado su padre, el señor Fernando, el primer Gallo de tan ilustre gallinero. El destino le había llevado hacía allí. En un principio estaba previsto que actuara su hermano Rafael, pero su sino estaba ya marcado.
Paco Botas, su fiel mozo de espadas, había preparado la silla en una habitación del hotel Europa. Allí había dispuesto el traje grana y oro. Los cabos azules como el cielo combinaban a la perfección con el terno. Sobre ellos, montera y castañeta. El capote de paseo de seda negra primorosamente bordado en azabache y negra pedrería completaba la estampa. Las armas a velar por el torero momentos antes de jugar a muerte con el toro.
Llegó la hora de revestirse. Joselito canta alegre. Su fiel mozo de espadas no comparte aquella alegría juvenil. La letra de la coplilla no puede traer buenas sensaciones. José canta unas letrillas alusivas a la muerte de El Espartero. Fernando el Gallo, con quien comparte estancia, también viste de luces, y advierte que se ha dejado la faja en Madrid. Joselito se disgusta. ¡Cómo puede un torero olvidar una de sus prendas! Anda Paco, parte la mía y dale la mitad. Maravilla, como también le llamaron, ya está vestido. Parte hacia la plaza. También hacia su fatal destino.
La corrida discurre con normalidad. Joselito se luce. Su cuñado Ignacio, qué gran torero y qué gran hombre por descubrir para muchos, también destaca. Las corridas en provincias suelen ser aptas para el lucimiento, pero la tragedia y la muerte pueden estar presentes en cualquier momento.
“AL QUE LE ECHE MANO LE METE EL PITÓN HASTA LA CEPA”, GRITA A SU TROPA EL TORERO DE GELVES

Salta el quinto toro a la arena. Bailaor es su nombre. Lleva el número 7 marcado en el costillar. La clarividencia del espada se hace pronto cargo de la poca claridad del bruto. Ordena a su hermano Fernando que se retire al callejón, advirtiendo al resto de su cuadrilla que cuidado. Al que le eche mano le mete el pitón hasta la cepa, grita a su tropa. Toma la muleta y procede a preparar al toro a morir.
En un receso, Bailaor se arranca rápido. Gallito no tiene tiempo de nada. Al caer al suelo se da cuenta de la gravedad del percance. De sus labios sale el nombre de Mascarell, al igual que años después se llamó a Giménez Guinea o a Ramón Vila. El destino no era otro más que convertirse en mito. Blanquet corta presuroso el punto grana teñido de sangre. Todo es inútil. Joselito ha muerto.
En un rincón queda el terno. Roto y abandonado. Algunos toman alamares y trozos, reliquias de culto para el recuerdo. Hoy solo quedan pedazos que son objeto de culto. Qué bonito el grana y oro. Qué torero. De valientes. Prenda para triunfar y mortaja para morir. Testigo mudo de una tragedia y cantado por poetas. Alberti, sin más, escribió idealizando aún más el color de la sangre vertida: "Niño de amaranto y oro / cómo llora tu cuadrilla / y cómo llora Sevilla / despidiéndote del toro".


6/21/2020

CÓRDOBA SE QUEDA EN SEVILLA REVESTIDA DE NAZARENO Y ORO



Manolete hizo historia en el coso hispalense en una tarde en la que hizo patente que había llegado para marcar una época, para sentar cátedra y para cambiar el toreo.

Aún se escucha el ruido de las bombas. La guerra fratricida ha terminado. España ha quedado partida en dos. Vencedores y vencidos. Vencidos y vencedores. En el ambiente pesan los años duros del conflicto. Hay que vivir el presente. También en blanco y negro. El instinto de supervivencia humano dice que hay que mirar hacía adelante. Son los primeros años de la reconstrucción de un país destrozado.
Muy a pesar de las carencias, el español quiere olvidar pronto. Para ello se refugia, cuando se lo puede permitir, en los espectáculos que se le ofrecen. En los teatros triunfa el triunvirato formado por Quintero, León y Quiroga, donde los dramas por ellos creados son representados con éxito por las mejores voces de un genero hoy prácticamente perdido, como es la copla.

Caracol, Pinto o Valderrama dejaron los flamencos colmaos y noches eternas de juerga. Sus gargantas quebradas se hicieron igualmente hueco en espectáculos muy alejados del flamenco más ortodoxo, aunque aquella heterodoxia, gracias a la grandeza de sus sones, jamás dejaron de sonar a flamenco. Los toros son el gran espectáculo de masas de aquella España rota.
A poco de terminar la contienda, Chicuelo entregó a un joven y espigado espada cordobés, apodado Manolete, la llave de la tauromaquia moderna. Aquella que habían cimentado José y Juan en la llamada Edad de Oro. Aquella tauromaquia que el propio Chicuelo llevó a la práctica en contadas ocasiones debido a su enorme irregularidad. Ahora solo hacía falta alguien capaz de culminar aquellos esbozos. La Maestranza fue testigo de la cesión de trastos.  Con ellos, el testigo de la evolución del toreo. El neófito no solo lo consiguió, sino que lo cimentó con creces. Su afición, su valor y sus enormes cualidades eran los avales en su progresión hacia la cima del toreo.
SOBRE LA SILLA DEL HOTEL GUILLERMO, mozo de espadas de MANOLETE, HA DISPUESTO UN TERNO NAZARENO Y ORO
Dos años después de aquel legado de secretos toreros, el joven espada se contrata de nuevo en Sevilla. Se anuncia tres tardes. Matará toros de Urqujio, también los temidos miuras y, para rematar el ciclo abrileño, se enfrentará a los del marqués de Villamarta. Triunfa con los murubes la primera tarde. Los miura, cómo no, salen complicados. Solo queda una tarde. La tarde en la que se plantó en lo más alto del toreo.
Sobre la silla del hotel Guillermo ha dispuesto un terno nazareno y oro. No era Manolete de trajes de tonos oscuros. Su majestad lucía más con tonos suaves. En aquellos años le cosía la ropa torera el célebre Manfredi, quien tenía su taller en la calle Jimios de la ciudad hispalense.
Tal vez su devoción al Señor Caído de Córdoba, de cuya cofradía era hermano mayor, le llevo a encargarse un nazareno y oro al igual que la túnica de su Señor. Y así vestido partió plaza en el coso maestrante junto a Pepe Bienvenida, Juanito Belmonte y Pepe Luis Vázquez, en una tarde en la que hizo patente que había llegado al toreo para marcar una época, para sentar cátedra y para cambiar el toreo.
Antonio Olmedo Delgado, quien firmaba sus crónicas con el seudónimo de Don Fabrizio, escribió lo siguiente: “Las campanas de Córdoba, plañideras porque había muerto Guerrita, trocaron el afligido son en alegre repique de gloria, porque Manolete, legítimo sucesor de aquel coloso, superó hasta la sublimidad el memorable arte de su ascendiente. No alcanza nuestro recuerdo nada semejante: de tanta justeza y elegancia, de tal calidad como la faena del cordobés al séptimo de Villamarta”.
EL 20 DE ABRIL DE 1941 EN LA MAESTRANZA QUEDÓ GRABADO EN LOS ANALES DE LA HISTORIA DEL TOREO

La ágil y bella pluma del crítico continuó describiendo lo acontecido en aquella tarde histórica para el toreo: “el cordobés tomó al bravísimo toro con tres ayudados estatuarios, y seguidamente, en terreno donde apenas si cabían toro y torero, ligó cuatro soberbios naturales con el de pecho sin que las zapatillas despegasen del suelo siquiera un ápice. Toreo inimitable, reposado, plácido, dominador, serio, verdadero; movido el toro con el engaño en torno a la gigantesca figura del lidiador, mediante el insuperable jugar de los brazos”.
El público se olvida de los pesares de aquella España. Manolete hace que todos los asistentes vibren entusiasmados. Culmina su obra con un volapié preñado de ortodoxia. El de Villamarta rueda a sus pies. El palco concede las dos orejas y el rabo para aquella genial e inspirada faena.
La fecha del 20 de abril de 1941 quedó grabada en los anales del toreo. José Luis de Córdoba escribió: “La tarde del domingo 20 de abril de 1941, el diestro cordobés Manuel Rodríguez Manolete levantó en el centro del ruedo de la Maestranza sevillana un monumento al arte del toreo, en cuya base reza esta leyenda: Córdoba queda en Sevilla. ¡Que nadie la mueva!”.
Desde entonces allí está presente. Nadie la ha movido aún. Aquel rabo no era un despojo, era el cetro del toreo, para un rey que vino a evolucionar el arte hasta el límite más inverosímil.

6/15/2020

LA CESIÓN DEL CALIFATO CON UN TÓRTOLA Y ORO DE TESTIGO



El 29 de septiembre de 1887, en la vieja plaza de Madrid se anuncia el suceso por el que Rafael Molina 'Lagartijo' convertiría en matador de toros a otro cordobés, Guerrita



Inerte a pesar de conservar su prestancia. Inanimado a pesar de su grandeza. Lo que antaño fueron destellos chispeantes, hoy aparecen apagados y huérfanos de luz. El tiempo ha sido inclemente a pesar de ser un objeto sin vida propia. Hoy es admirado en una vitrina. Ahí permanece.
Testigo mudo de la historia del califato taurino de Córdoba. A pesar de todo, su grandeza permanece inalterable, como también pervive la gloria y fama de aquel que lo ciñó en tardes memorables. Hoy es una prenda admirada en el espacio que lo alberga en el Museo Taurino de Córdoba. Ayer lo fue muchas vísperas de tardes de gloria y tragedia, mientras esperaba el momento de cobrar vida, cuando era vestido por un torero de la relevancia de Rafael Guerra Bejarano, Guerrita en los carteles.
Los trajes de torear tienen historias calladas que es hora de descubrir. El terno de luces es la armadura que reviste al último héroe de la cultura mediterránea. Testigos mudos y callados de lances sobre la arena, en una danza con la muerte entre la gloria y la tragedia. Unidos estrechamente a quien los viste. Carceleros de sus miedos y de sus inquietudes. A veces talismanes en tardes importantes de la vida de los toreros. Otras pierden tal calificativo cuando un accidente se cruza entre el bruto y el hombre.
El toreo vivía sus primeras evoluciones. Seguía siendo una batalla campal entre la fuerza animal y la mente humana. La lidia era cruda y trágica. En Córdoba surgió con fuerza el concepto estilista de Rafael Molina LagartijoEl Califa del toreo dominaba la tauromaquia de su época. Al drama aportó la estética y la prestancia. Su figura, dentro y fuera del ruedo, era admirada. Los años no pasaban el balde. Siempre se dijo: El toro de cinco y el torero de veinticinco. Rafael Molina comenzaba a acusar el cansancio propio que conlleva la pérdida de la plenitud, pero su obra no quedaría en el olvido. Era la hora de ceder un concepto nuevo y fresco para seguir evolucionando el toreo.
29 de septiembre de 1887. En la vieja plaza de Madrid se anuncia el suceso. Rafael Molina Lagartijo convertiría en matador de toros a otro cordobés. Un torero que venía a acrecentar los pilares puestos por el Califa. Formado en su cuadrilla como torero, aunque también pasó por las de Lavi o Fernando Gómez el Gallo. En todas destacó. A pesar de actuar como banderillero, los públicos eran seducidos por sus formas que oscurecían a los espadas de cartel. Un rutilante terno tórtola y oro esperaba el momento en la silla conformada por el mozo de espadas.
La corrida tuvo su polémica. Nos cuenta Mariano de Cavia, bajo el seudónimo Sobaquillo en periódico El Liberal, que los toros previstos para la ocasión fueron señalados con el marqués de Saltillo. Este, pese a cobrar la señal, decidió finalmente que sus astados no viajasen a Madrid, alegando que no había tiempo para encerrarlos, cuando la verdad es que los había reseñado para ser jugados en Sevilla y ser estoqueados por El Gallo, Espartero y el neófito Guerrita. La empresa, ante tal eventualidad, adquirió toros de Juan Vázquez, originarios de Nuñez de Prado, que a su vez procedían de Adalid, quien poseyó una de las ramas más puras de la ganadería de los Condes de Vistahermosa.
Quiso el destino que tampoco fuera de la ganadería anunciada el toro de la ceremonia. El titular se inutilizó y fue sustituido por un toro de Gallardo de nombre Arrecío. Bien armado el burel. Tomó nueve varas, de las de antes, de Pegote y Curro Fuentes, a los que dio varias costaladas, dejando un penco para el arrastre. No banderilleó Guerrita, lo hicieron el Almendro y el Primito.
El primer Califa, Lagartijo, vestido de verde y plata, como el estandarte del Profeta –según Sobaquillo–, cedió muleta y estoque al toricantano, de perla o tórtola y oro, quien mostró su talento y ser digno sucesor del Califato taurino. Guerrita pasó con nota la tarde de su doctorado, siendo muy ovacionado a la muerte de sus dos toros, e incluso cuando entró en quites.
Cuando todo hubo terminado, se despojó del terno de color tórtola y oro, testigo mudo de una fecha importante en la historia del toreo, aquella en la que el primer Califa traspasó el Califato taurino a su heredero. La evolución del toreo continuaba hacía adelante. De un Rafael a otro. De un cordobés a un paisano. De Lagartijo a Guerrita. Todo con un vestido tórtola y oro como testigo.



6/11/2020

JOSELITO Y EL TORO DE SU ÉPOCA



El centenario de la muerte de Joselito en Talavera ha hecho que su figura, este siendo revisada nuevamente. La tragedia acaecida hace ahora cien años, elevó al coloso de Gelves a su mitificación. José Gómez Ortega, Gallito o Joselito en los carteles, es mucho más que una tarde aciaga en Talavera de la Reina. Su figura y su legado, no han sido revisados en profundidad hasta nuestros tiempos. Una vez más, el morbo de la tragedia nubló su aportación al toreo.
Es ahora cuando se está descubriendo su enorme dimensión. Su mando sobre todo lo que rodeaba al toreo. Gallito influyó sobre manera la tauromaquia. Su mente prodigiosa, siempre pensando por y para el toreo, puso los pilares para lo que hoy conocemos como fiesta de toros. Su aportación fue máxima. El toreo ligado en redondo, los grandes cosos monumentales, e incluso la selección de un toro más apto para el espectáculo.

Joselito era un torero precoz desde muy joven. Se crió en un ambiente muy propicio para ello. Torero de dinastía, su mente estaba ocupada siempre en el toro y su mundo. Desde sus inicios deslumbró a los ganaderos andaluces. A pesar de su corta edad, José deslumbraba en los tentaderos por su incipiente maestría en el conocimiento de las reses a lidiar. Los ganaderos, sabedores de aquel don natural, le invitaban de forma continua a las faenas camperas.

Esa confianza de los criadores hacía su figura, hacía que las ideas, sobre el toro ideal a lidiar, calaran entre los ganaderos, que no tardaron en buscar un animal apto para las habilidades toreras del nuevo coloso. La selección, hasta entonces enfocada al lucimiento en el primer tercio, fue cambiando por influencia de Gallito y el toro se fue amoldando para una lidia total, teniendo así relevancia en los tres tercios o actos del toreo.

Joselito necesita un toro distinto al que se ha venido lidiando hasta la fecha. Gallito es sabedor que el toreo precisa una evolución y esta pasa por el toro. Los animales lidiados hasta entonces, eran animales ideados para el tercio de varas. A mayores entradas a las cabalgaduras y más bajas en las cuadras, más bravura y más espectáculo. Muchos, por no decir la mayoría, quedaban muy aplomados y solo cabía prepararlos para la muerte.
Gallito en sus primeros años mata todos los encastes y ganaderías. Su gran intuición y conocimiento de las reses bravas, hace que pronto se da cuenta que el toro más apto para sus objetivos, es todo lo que procede de Vistahermosa. Los variopintos y espectaculares vazqueños, aunque no le hace ascos, al igual que los jijones o navarros, quedan muy aplomados tras el tercio de varas. El lucimiento no es apto con ellos.

José trata en poner en valor la casta de Vistahermosa. No solo mata ganaderías de citada procedencia, incluso se atreve a sugerir a otros ganaderos cruces con esta sangre para mejorar, a la postre imponer, la casta de Vistahermosa sobre todas las demás. El camino es iniciado por Vicente Martinez que cruza sus vacas de casta jijona con el toro Diano de Ibarra. Incluso se afirma que en Miura padrea un toro de Tamarón de nombre Banderillo.

Joselito elige una corrida de Vicente Martinez para su encerrona en Madrid. En la sangre jijona ya se ha injertado la casta de Vistahermosa. Gallito triunfa de forma rotunda. El público se ha divertido con la ciencia torera de Joselito. Los toros se han prestado, y han facilitado, el triunfo del coloso. Es el principio del fin de los encastes que no tienen su origen en Vistahermosa. La visión de Gallito ha hecho que el toreo avance de forma notable.

Otra de sus ganaderías predilectas es la de Murube. Mata infinidad de toros de este hierro. Tanto es así que cuando la familia Murube decide deshacerse de la vacada, busca un comprador para evitar que la vacada caiga en manos de tratantes. El elegido es el banquero Juan Manuel Urquijo quien la anuncia a nombre de su esposa Carmen de Federico. También aconseja a Juan Contreras hacerse ganadero de bravo partiendo de la vacada murubeña.

El toro ideado por Joselito se impone. Solo queda la duda de saber que hubiera pasado y como hubiera evolucionado todo sin Bailador no se cruza en su camino. Tenía decidido hacerse ganadero. De hecho compró la ganadería de Benjumea, pura vazqueña, pero en realidad solo le interesaba su derecho de hierro, pues tenía pensado adquirir ganado de la marquesa de Tamarón para su empresa. La casta Vistahermosa era la ideal para su concepto.

Cabecera
Comparecencias

6/07/2020

LA ÚLTIMA ACTUACIÓN DE JOSELITO ‘EL GALLO’ EN CÓRDOBA



El recordado coso de los Tejares fue un feudo gallista. Allí actuó Joselito en muchas ocasiones. De hecho, en el año de su muerte tenía contratadas todas las corridas de la Feria de Mayo



Este año el planeta toro celebra el centenario de la trágica muerte de Joselito el Gallo en Talavera de la Reina. Cien años han pasado y aún se recuerda al llamado Rey de los Toreros. La verdad es que la figura del coloso de Gelves es fundamental para lo que hoy conocemos como toreo moderno. Durante los años que estuvo en activo, antes de su funesta muerte –no hay que olvidar que perdió la vida a los veinticinco años– José Gómez, junto a su alter ego Juan Belmonte, revolucionaron la fiesta de los toros.
Joselito era la técnica, el conocimiento, la ortodoxia y vivir por y para el toro. Belmonte era todo lo contrario. La temeridad, la heterodoxia, el dramatismo. Cada uno aportó a la fiesta. Belmonte sobrevivió a su rival. Su vida torera fue cantada por plumas prestigiosas como la de Chaves Nogales. Gallito, sin embargo, no tuvo que le escribiera. Aún así, cien años después, su figura sigue viva y tras un siglo se está reconociendo y poniendo en valor para las nuevas generaciones la verdadera dimensión de José Gómez Ortega, Joselito o Gallito en los carteles.
Joselito tenía partidarios por todo el país. Córdoba no podía ser menos. La docta afición cordobesa veía en Gallito la prolongación torera iniciada por Guerrita. La línea natural del toreo se inicia en nuestra ciudad. Lagartijo el Grande es el primero que concibe la lidia como una disciplina donde prima la estética. Después, Guerrita, formado en la cuadrilla del primer Califa, continúa la visión de Lagartijo, eso sí, corregida y aumentada. Guerrita no es solo estética. Es también poder y dominio, y no solo en el ruedo, sino también fuera de él.
Cuando hastiado del peso de la púrpura y cansado de las exigencias de los públicos decide retirarse, la evolución del toreo queda en suspenso. Tras el Guerra hay grandes toreros, pero ninguno con el marchamo de monarca absoluto de la torería del segundo Califa. Joselito, joven pero dominador del oficio como pocos, toma el relevo y la inmensa mayoría de los nostálgicos seguidores de Guerrita ven en el joven espada la sucesión natural del idolatrado diestro cordobés.
El recordado coso de los Tejares fue, por tanto, feudo digamos gallista. En él actuó Joselito infinidad de ocasiones. De hecho, en el año de su muerte tenía contratadas todas las corridas de la Feria de Mayo, pero el toro Bailador se cruzó en su camino. Córdoba sintió, como todo el toreo, la pérdida del maestro. El mismo Guerrita telegrafió a Rafael el Gallo, hermano de Joselito, al conocer la tragedia de Talavera lo siguiente: “Impresionadísimo y con verdadero sentimiento te envío mi más sentido pésame. Se acabaron los toros. Guerrita".
Justo un mes antes de la tragedia de Talavera de la Reina, el 16 de abril de 1920, Joselito pisó por última vez la arena de Los Tejares. Fue en un festival benéfico organizado por la marquesa del Mérito y Valparaiso. El Diario de Córdoba se hace eco del ajuste del festival en su edición del día 11 de abril. Se afirma que actuaría Joselito, su cuñado Sánchez Mejías, otro torero al que habría que revisar por lo que hizo dentro y fuera de los ruedos, y probablemente un tercero que saldría de la collera formada por Juan Belmonte o Chicuelo. Finalmente, fueron Joselito y Sánchez Mejías quienes actuaron mano a mano, en lo que a la postre sería la última vez que Gallito toreó en Córdoba.
El festival se celebró, al tener los espadas los fines de semana contratados, un viernes. La prensa local de la época cuenta que el comercio cerró sus puertas. El público llenó la plaza. Presidió el alcalde Fernández de Mesa, ejerciendo como asesor Rafael Guerra Guerrita. Se corrieron novillos de la incipiente ganadería del marqués de Villamarta, quien había mezclado dispares sangres, conformando un encaste único y que aún perdura en la cabaña brava española.
Los novillos se prestan al lucimiento de los espadas. Joselito disfruta de la tarde. Destaca en su primero, donde suena la música, siendo muy aplaudido tras una buena estocada. Pleno en el tercero de la suelta. Se luce con el capote, comparte el tercio de banderillas con su cuñado Sánchez Mejías y, tras una faena vibrante, y al estar acertado con el acero, pasea una oreja. Decidido, negro de capa y corto de cuerna, es el último animal que estoquea esa tarde y también en Córdoba.
Destaca el cronista taurino Poli en El Defensor de Córdoba que Gallito se lució en el recibo con el capote ejecutando nueve verónicas superiores. Brindó al público de sol. Buen trasteo que emborronó con la espada; aun así, fue muy aplaudido.
El público salió satisfecho de la plaza. Los toreros se gustaron, especialmente Joselito, que cerró los contratos para la Feria de Mayo. Una feria que jamás torearía, pues justo un mes después caía mortalmente herido en Talavera. Allí nació la leyenda, el mito, aunque Joselito, tal vez sin saberlo, ya había puesto los cimientos de lo que hoy conocemos como toreo. Lástima que Gallito, parafraseando a García Márquez, al igual que el coronel, no tuviera quien le escribiera.