7/27/2020

RENOVARSE O MORIR: LOS DILEMAS DE LA TAUROMAQUIA



Es el propio mundo del toro, desde su interior, quien tiene que marcar las pautas a seguir para obtener la vuelta del gran público a las plazas y el respeto de la sociedad

Nos está tocando vivir un tiempo convulso. Si ya todo estaba enredado, este virus que nos asola ha venido a complicarlo todo aún más. Nuestra sociedad se tambalea. No estaba preparada para encajar toda esta pesadilla, en forma de pandemia, y que ha dejado al aire muchas vergüenzas de esta sociedad cada vez más globalizada y carente de valores. Tras unos duros meses de confinamiento, parálisis económica, colapso sanitario y muchas muertes, veladas u ocultadas, por esta sociedad espuria y aséptica, nos hemos encontrado con un periodo pomposamente nombrado como "nueva normalidad", en el que se nos dijo que íbamos a salir más fuertes, cuando en realidad estamos igual que antes de que la pesadilla comenzase a marcar nuestro mundo de vida.
Y es que esta denominada nueva normalidad está sirviendo para demostrar que poco ha cambiado. Seguimos siendo igual de vulnerables y nuestro instinto de supervivencia hace que nos miremos en exceso el ombligo en lugar de afrontar la situación de una manera responsable y solvente. Nada va a ser igual que antes, no cabe duda. De nosotros depende de buscar unos parámetros de vida para hacer más viables, los nuevos tiempos que nos va a tocar vivir.
Antonio Díaz-Cañabate, crítico taurino de referencia, escribió que los toros son fiel reflejo de la sociedad en la que vivimos. La verdad es que no le faltaba razón a tan reputado escritor y abogado madrileño. Antes de toda esta pesadilla, la fiesta mostraba infinidad de pecados, así como hacerse cada vez más vulnerable a los ataques recibidos. La endogamia del sistema que la maneja ha hecho que, poco a poco, el gran público, el que verdaderamente la sustenta, se vaya alejando de ella por infinidad de causas.
Ese alejamiento del gran público –la diversidad de actividades de ocio ha hecho que muchos se inclinen por otros espectáculos más novedosos– hace que la fiesta de toros haya entrado en una profunda sima, de la que se saldrá únicamente si todos los que forman parte del entramado taurino reman en la misma dirección.El verdadero sostén de la fiesta son los aficionados. Sin ellos, el espectáculo está muerto. El rito pervivirá, pero la fiesta popular, la que es del pueblo, desaparecerá si ese aficionado no vuelve a las plazas de toros. ¿Qué ha motivado al gran público a desertar? Las respuestas pueden ser varias, pero fundamentalmente se podrían resumir en cuatro o cinco ideas que son muy básicas.
La primera de ellas puede ser la falta de promoción. La fiesta hoy no se impulsa como debiera. La promoción de los festejos peca de falta de adaptación a nuestros tiempos. Se sigue publicitando como hace cincuenta años. La novedad no está en marquesinas, ni paneleando autobuses. La promoción tiene que ser actual. Adaptarse a los medios audiovisuales y contad con la televisión, ya sea pública o privada, mostrando una fiesta cercana a la sociedad.
La falta de renovación es otro de los pecados de la fiesta en la actualidad. Los carteles, montados por el trust empresarial sin pensar en el público, han hecho que el espectáculo a ofrecer peca en demasía de añejo y acartonado. Hay que abrir las combinaciones de nombres, así como potenciar los festejos menores, con el objeto de buscar un relevo natural al actual escalafón de matadores que cada vez está más cerrado y envejecido. La falta de integridad también hace daño a la fiesta y con ello al espectáculo. La corrida debe de tener vida y eso se incrementaría con un toro íntegro y variado en su selección. La endogamia ganadera ha hecho que las corridas sean tan previsibles que se ha perdido el factor sorpresa. El espectáculo taurino es caro, y si esa falta de versatilidad e integridad sigue latente, hace que muchos espectadores, ante la monotonía, no vuelvan a acudir a una plaza de toros.
Expuestos estos puntos, cabe hacerse una pregunta ¿Quién puede dar solución a todo para renovar la fiesta? La respuesta está clara. Es el propio mundo del toro, desde su interior, quien tiene que marcar las pautas a seguir para obtener dos premisas fundamentales. Una, la vuelta del gran público a las plazas. Y la otra, el respeto de una sociedad y de una clase política que atacan a la fiesta, ya que palpan la crisis de la tauromaquia en estos tiempos. Son los taurinos quienes deben de trabajar. Renovando desde dentro se conseguirían muchas cosas. Están bien los paseos para defender la fiesta, pero está mal no organizar festejos, como tampoco presionar a los estamentos gubernamentales para hacer ver que la tauromaquia sigue siendo el segundo espectáculo de masas del país.
Es el mundo del toro quien tiene que hacerse respetar. Es la única manera de ser escuchados. Es triste lo que estamos viviendo estos días. La marginación de los derechos de unos trabajadores por el mero hecho de ser profesionales del mundo del toro. El Gobierno está negando unas ayudas a unos trabajadores que aportan a las arcas del Estado más de lo que de ellas reciben. Precisamente ahora. Un Gobierno que dice defender los derechos de la clase obrera y los trabajadores está marginando por ideología a todo un sector, como el taurino. Se le está negando una prestación que le corresponde por justicia. El sectarismo está dejando al aire el cinismo e hipocresía de nuestros gobernantes.

7/19/2020

DE PÁLIDO ROSA Y AZABACHE, UNA PIEL PARA LA GLORIA



Alejado de todo, recluido en una habitación de un hotel de la ciudad, un torero vela sus armas. Es la fecha señalada. Finito de Córdoba se enfrentará en su plaza y ante su público a una nueva gesta



Córdoba bulle en el colofón de su Mayo Festivo. La feria en honor de Nuestra Señora de la Salud pone el broche de oro a la primavera ociosa de la ciudad califal. Es sábado. No es un día cualquiera. Es el día grande la feria. Córdoba está desatada. Los colores reviven cuando el sol luce en todo lo alto del cielo. Es mediodía y el azul que sirve como techo a la ciudad destaca sobre todas las cosas. En El Arenal el amarillo del albero se hace igualmente más intenso. Las verdosas aguas del viejo Betis, rompen en espuma aguamarina bajo los puentes por los que las gentes acuden al recinto ferial. Todo es color. La policroma paleta de un pintor no sería suficiente para plasmar el reflejo de una ciudad, que vive el último día de un mes festivo por excelencia.
Alejado de todo, recluido en una habitación de un hotel de la ciudad, un torero vela sus armas. Es la fecha señalada. Finito de Córdoba se enfrentará en su plaza y ante su público a una nueva gesta. Ya la ha afrontado en otras ocasiones, pero la de hoy es especial. El estilista torero cordobés, no importa donde se nace, sino de donde uno viene y lo de lo que uno está orgulloso, lidiará y estoqueará seis toros en solitario. Callado, rodeado de los suyos, vela y contempla la silla, donde delicadamente su mozo de espadas ha dispuesto el traje que estrenará para la ocasión y que ha sido cosido por las manos de Santos, uno de los más prestigiosos sastres taurinos del país. Un terno rutilante, original, hermoso. Un traje poco usual. Un vestido que combina un tono pastel y delicado, con abalorios sobrios en negros azabaches y sedas. Es la segunda piel que lucirá el héroe en una tarde significativa en su vida y en su carrera. Ha sido el gusto de una gran mujer, la suya, la que ha dispuesto una combinación tan extraña, como hermosa. Acierto pleno de Arancha del Sol en la elección. Ha llegado la hora de revestirse para la gesta. Un traje de color rosa pálido y azabache comienza a cobrar vida cuando es vestido por el torero.
Suenan las notas del pasodoble. La puerta de cuadrillas se abre. Sus hojas de par en par indican el camino. El drama comienza. La gloria o la tragedia. Todo puede ocurrir. No hay nadie a derecha, tampoco a izquierda. Es el momento en que el hombre está solo. Aunque la tropa torera viene por detrás, la soledad se hace presente a cada paso. El colorido, como en la feria, estalla en su plenitud. El original vestido del matador luce esplendoroso. Se cambia la seda, también de estreno, por el percal. Comienza la liturgia del toreo.
Salta a la arena el primer toro. Finito abre su capote y dibuja unos lances de ensueño. Acaricia con sus vuelos las embestidas del animal, las acaricia con mimo y el rosado percal simula ser el paño con el que la Verónica enjugo el rostro del Nazareno. Cuentan, quienes vieron esos lances, que es imposible conjugar belleza y dominio con tanta naturalidad, cosa inverosímil hecha realidad y que por ello jamás se borrará de sus retinas. El festejo caminaba con luces de menor o mayor brillo. Los asistentes se divertían. El toreo caro y de notable empaque se hacía presente, pese al desigual juego de los toros lidiados.
Saltó el cuarto toro a la arena. Lleva el hierro de Domingo Hernández. Su nombre Bondadoso está marcado con el número 5, es negra su capa. Juan Serrano lo saludó con su personal y clásico toreo de capote. La media de remate resultó una talla barroca de Juan de Mesa. Rota y desgarrada. Poca fuerza la del toro, que quiso pelear con bravura en el caballo. Sutiles capotazos de Curro Molina. El toro pasa a manos de Finito. Brinda, lo que a la postre sería una faena histórica, al guitarrista Vicente Amigo. Las trincherillas inicio de la faena resultaron pinceladas de color, pinceladas estás que comenzaron a fraguar una obra maestra. El toreo brotó por sí solo. Al natural, con verdad, todo templado y hondo. El lienzo comenzaba a tomar forma, el color del toreo clásico y ortodoxo estaba presente.
El animal crecía y crecía. Su instinto natural de pelea le llevaban a no renunciar jamás a la lucha. Ante él, Finito con trazo dominador y decidido, cincelaba las embestidas al igual que un orfebre da vida al metal. El público vibra, pide que se le perdone al toro la vida. El palco se hace de rogar. Finalmente accede al clamor de todos los presentes. El animal vuelve con vida a los corrales y su frustrado matador saborea la gloria.
Todo acaba. Las gentes toman en hombros al torero. Lo pasean por el redondel y así lo sacan por la puerta principal del coso. Luego en la habitación del hotel todo vuelve a la normalidad, eso sí, la satisfacción de haber culminado un suceso histórico es plena. En la silla, húmedo por el sudor y manchado de sangre y albero, reposa un traje. Pálido su rosa y sobrio su bordado azabache. Una piel para la gloria.




7/12/2020

UN ESCAPULARIO REVESTIDO DE BLANCO Y PLATA



El día 26 de noviembre de 1978, Juan Antonio Esplá, vestido de blanco y plata, partió plaza en Lima entre dos maestros consagrados: uno, Palomo Linares; otro, Curro Vázquez

En muchas ocasiones se consigue la gloria en un abrir y cerrar de ojos. Cuando menos se la espera. Esquiva siempre que se la busca, aparece en el momento más insospechado. Un solo instante puede marcar una vida. También en ocasiones, las más, solo nos suele sonreír una vez en la vida. De ahí que cuando inesperadamente nos llega, debemos de vivir ese momento de forma intensa, porque tal vez solo lo hagamos esa vez.
Plagado de ilusiones un joven torero de Alicante cruzo el Atlántico. Juan Antonio Esplá había alcanzado unos de sus sueños. Tras una concienzuda preparación a la sombra de las enseñanzas paternas, había llegado la hora de volar solo. Y así fue. Con el oficio aprendido, su hermano Luis Francisco le otorgó la borla de doctor en tauromaquia en el Coliseo Balear. La fecha, el 2 de septiembre de 1978. Los toros pertenecieron a la vacada salmantina de Pilar Población. Otro joven espada, el soriano José Luis Palomar, fue testigo de la ceremonia. Otro Esplá, recién cumplidos los dieciocho años, saltó a la palestra taurina convirtiéndose en matador de toros. Otra rama del tronco paterno alcanzó el sueño que ese tronco no pudo cumplir. Pero todo no había de quedar ahí.
Semanas después, cargado de ilusiones y con ligero equipaje, el más joven de los Esplá cruza el “charco”. La temporada taurina en América le espera. Un permiso militar le librará por unas semanas de sus compromisos con la Patria. En la maleta un terno. Blanco y plata, como el que lució días antes en Palma de Mallorca el día de la alternativa. No es el mismo. El de la ceremonia pertenecía a su hermano. Con él, los dos hermanos Esplá, Luis Francisco y Juan Antonio, se convirtieron en matadores de toros y con ese mismo vestido, ambos confirmaron sus alternativas en la primera plaza del mundo. Este blanco y plata es otro. Un terno que viaja en una oscura maleta y en la más oscura aún bodega de un avión.
Lima era el destino. El joven Juan Antonio Esplá participará en la tradicional feria del Señor de los Milagros. Ese Cristo moreno, también conocido como el Señor de los Temblores, y al que todo Perú le reza, marca el calendario taurino al otro lado de la mar océana. Desde su instauración en 1947 es uno de los ciclos señalados en rojo en el calendario taurino de América. El premio que se establece para el triunfador, el Escapulario de Oro, es codiciado por todos los que visten de luces y peinan coleta.
Juan Antonio Esplá se presentó en Lima mostrando su académica tauromaquia. En una España que ansía la democracia plena, pesa aún el pasado reciente y hay quienes no creen en el cambio que el país busca y añora. La llamada Operación Galaxia, que pretendía dar un golpe de estado en España, es abortada. El ejercito requiere la vuelta de Juan Antonio, que cumple su servicio militar y al que un permiso especial, le permite torear fuera del país. La diplomacia de su padre, Paquito Esplá, consigue que pueda cumplir su último compromiso en Lima, pese a que a su vuelta deberá presentarse con celeridad en el cuartel donde está destinado.
Es el día 26 de noviembre de 1978. Juan Antonio Esplá, vestido de blanco y plata, parte plaza entre dos maestros consagrados. Uno, Palomo Linares, otro, Curro Vázquez. Los toros pertenecen a la ganadería estatal de La Pauca. El maestro Palomo estuvo como solía estar. Valiente y cabal. La espada le privó de premios. Curro Vázquez no anduvo fino. Sus toros no le permitieron el lucimiento. Solo gotas del perfume caro de su toreo se derramaron escasamente sobre el albero de Acho. Juan Antonio Esplá volvió a mostrar sus clásicas formas en su primero. La corrida tocaba a su fin. Sonaron parches y metales y saltó Serenito a la arena. La fortuna y la gloria estaban a punto de brotar en el centenario coso limeño.
El más joven de los Esplá se lució con el percal y con las banderillas. Toma la franela y la espada. Llegó el acontecimiento. El joven maestro Juan Antonio cuaja una faena esplendorosa, cumbre, rotunda, maciza, arrebatadamente bella. Destaca el toreo al natural. Dando el pecho, cargando la suerte, templando las nobles embestidas del toro de nombre Serenito. Trasteo completo y compacto. Tras una tanda, de forma arrebatada, desempolva un gesto de una tauromaquia olvidada. Se despoja del encarnado corbatín y lo anuda al pitón de un toro entregado a su dominio.
El tendido comienza a pedir el perdón a la vida del toro. La gracia es finalmente concedida por el palco. Serenito vuelve al corral. El público, borracho de toreo caro, alza a hombros al joven maestro. Su faena no ha tenido mácula. El Escapulario de Oro viaja con él a España. La fortuna le ha sonreído y de qué forma. Con dieciocho años recién cumplidos y apenas dos meses como matador de toros, ha tocado la gloria.
Un hito que muchos han olvidado. Aún así, lo que hizo Juan Antonio en Acho ahí quedó. Como dijo Pilato: Lo que he escrito, escrito está. Juan Antonio Esplá vestido de blanco y plata, tocó la gloria y la alcanzó junto al Señor de los Milagros. Hoy su escapulario luce en un rincón de Alicante junto a este terno blanco bordado en plata, testimonio de una tarde de toros gloriosa.






7/05/2020

CELESTE Y ORO: LA CORONACIÓN DE LA HETERODOXIA



Un muchacho de Palma del Río, llamado Manuel Benítez Pérez y apodado primero El Renco y después El Cordobés, había llegado al llamado Planeta de los Toros para crujirlo



El tiempo pasa inexorable. Nada respeta. Ni a las personas, ni a otros seres vivos, ni tampoco a los enseres inanimados. Solo se encarga de irlos marchitando. Poco a poco, sin que nos demos cuenta. Atrás queda el esplendor. Los días de gloria. Sin embargo, el recuerdo y la nostalgia nos retrotrae a momentos vividos y que, a pesar de todo, hacen que la vida siga latiendo en el fondo de ellos.
Ha pasado tanto tiempo y aún parece que fue ayer. La hoy llamada década prodigiosa había traído una bocanada –y qué bocanada– de aire fresco al toreo. Un muchacho de Palma del Río, llamado Manuel Benítez Pérez y apodado, primero El Renco y después El Cordobés, había llegado al llamado Planeta de los Toros para crujirlo desde sus cimientos. Desde la muerte del Monstruo de Córdoba, el colosal Manolete, el toreo andaba triste. Su alargada sombra aún pesaba en los ruedos. Manolete fue quien trajo la culminación del toreo moderno. Su obra y su recuerdo aún estaban muy presentes en aquellos que vestían el chispeante, así como su trágica muerte en Linares.
Pesaba en los públicos el infausto final de Manolete. Torero de una época que estaba marcada por la carestía de todo. Época de reconstrucción de una guerra fatal, marcada igualmente por otra contienda mundial. España trataba de ver la luz, pero todo era complicado. Época en que el hambre hacía mella en gran parte de la población española. Hijo de aquella generación era Manuel Benítez. Un superviviente, un guerrero, un rebelde. Se rebeló contra su época y contra de la vida que le había tocado vivir. Benítez no quería pasar calamidades y buscó en los toros la puerta de salida de aquella miseria. Mucho se habló, se escribió y aún no ha perdido vigencia, de que aquel torero llamado El Cordobés fue un invento de Rafael Sánchez El Pipo. Tal vez el ingenio de éste ayudase a la promoción del nuevo fenómeno, pero lo que hacía El Cordobés a las reses no era fácil. Valor, valor y valor. En ocasiones rozando lo suicida. El Cordobés en sus principios no tenía oficio, pero si poseía un valor a prueba de bombas, y lo que es más, una rebeldía para dejar de ser un hijo de su época.
Aquel valor y aquella forma de torear llevo a El Cordobés a ganar como novillero cantidades jamás vistas para quien empieza a querer ser torero. El invento del Pipo no se hubiera sustentando solo del marketing. Allí había un torero de los grandes. La sociedad de la época veía al torero de Palma del Río como un referente, un espejo donde mirarse. ¡Tila, tila! Escribían los críticos de la época. El Cordobés había llegado para convulsionar y dar una vuelta de tuerca más al toreo.
Se preparó su alternativa en su Córdoba en octubre de 1962. El Cordobés, quien se encargó un precioso terno blanco y plata con remates negros, se haría matador de toros de manos de Antonio Bienvenida, en presencia de José María Montilla. Los toros de Samuel Flores. La lluvia dio al traste con todo. La ceremonia de investidura tuvo que ser pospuesta a mejor fecha. Muchos fueron los que pensaron que aquello había venido de perlas al torero. Seguiría toreando novilladas, ganando un buen dinero y evadiéndose del compromiso de la alternativa.
Pero llegó mayo de 1963. Córdoba vivía su fiesta y con ella, aparejada siempre, la liturgia de la mal llamada fiesta nacional. La investidura como doctor en tauromaquia tuvo lugar el día 25. Los Tejares hasta la bandera. La hábil, coqueta y fidedigna pluma de José Luis de Córdoba tituló la crónica del festejo Los incrédulos y los convencidos, ya que El Cordobés puso a todo el mundo de acuerdo. Palancar, del hierro de Samuel Flores, era el nombre del toro de la ceremonia. El Cordobés, vestido de celeste y oro, tras tomar las armas toreras, cuajó una personal faena entre los clamores del público. Dos orejas, petición no atendida de rabo y dos vueltas al ruedo fueron su premio. Lamparilla se llamó el sexto de la suelta y segundo de su lote. Manuel Benítez vuelve a estar inconmensurable. Faena de nuevas formas, fresco estilo y teñida de su singular personalidad.
No hay que olvidar que a torear se puede aprender, pero la personalidad viene adherida a uno. El Cordobés enloquece a los tendidos. En esta ocasión los máximos trofeos van a parar a sus manos. El Huracán Benítez ha arrasado con todo.
Aquel traje, sudado y manchado de sangre de sus oponentes, permanece preso de sus recuerdos en un maniquí del Museo Taurino de Córdoba. El tiempo y los años no han tenido clemencia con él. Descolorido y sin brillo, ha perdido su tono celestial, tanto, que parece blanco. El tiempo ha sido inclemente con su conservación. Pero ahí sigue. Más vivo que nunca. Testigo silencioso del punto de partida de la última gran revolución del toreo moderno.